La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Es natural, en esas circunstancias, que, a su vez, recordara al amigo a quien le debe tanto por unos conocidos tan prometedores. Y lo hace. Se mantiene muy cerca de él. Cualquiera que sea el tema de conversación, lo mira con cariño. Lo espera para partir juntos y el interés que le inspira desciende hasta sus botas, que mira con atención, mientras que el señor George fuma, con las piernas estiradas, al lado de la chimenea.

Por fin, el señor George se levanta para volver a su casa, y el señor Bucket hace lo propio. Le da un último beso a Malta y Quebec, y dirigiéndose al exartillero le dice:

—¿Qué le parece? ¿Puede proporcionarme el violonchelo que desea mi amigo?

—Por docenas —contesta el señor Bagnet.

—Se lo agradeceré mucho —agrega el señor Bucket, apretando la mano de el señor Bagnet—. Los amigos están para ayudarse… Sobre todo, que tenga buen sonido, es para un aficionado que toca a Mozart, a Händel, a todos los grandes maestros como un artista consumado. Huelga decirle, señor Bagnet —añade el señor Bucket, bajando la voz—, que puede fijar un precio bastante alto, no porque yo quiera que mi amigo lo pague muy caro, pero sí porque es justo que cobre usted el tiempo que en ello emplee. Me gusta que la gente se gane bien la vida.


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