La Casa lugubre
La Casa lugubre El señor Bagnet dirige una mirada a su esposa, como diciéndole: «¡He aquà una buena relación!».
—En el caso de que mañana por la mañana pasase otra vez a verlo, digamos, a las diez y media —observó el señor Bucket—, ¿podrÃa indicarme ya el precio de algunos violonchelos?
—Desde luego —contestan tanto el señor como la señora Bagnet.
Y hasta se comprometen a procurarse varios para que pueda escoger.
—Gracias —concluye el señor Bucket—. Buenas tardes, señora. Buenas tardes, caballero. Buenas tardes, angelitos. Me marcho encantado de vuestro trato. Esta es la mejor velada que he pasado en mi vida.
También los Bagnet expresan el agrado que les ha proporcionado la visita del señor Bucket, y uno y otros se despiden, prometiendo volver a verse.
—Ahora, amigo mÃo, vámonos a casa —le dice el señor Bucket al señor George, apoyándose en su brazo y yendo tan pegado a él que Lignum y su mujer, que se quedan en el umbral de la puerta para verlos irse, observan, con satisfacción, que el señor Bucket «va casi agarrado de George, y parece tenerle mucho aprecio».