La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Al llegar a la calle inmediata, muy estrecha y mal empedrada, George, que ve lo difícil que es pasar por ella los dos de frente, propone a su compañero que pase delante, pero el señor Bucket, unido más que nunca a su persona, añade:

—Un momento, George, necesito hablar un momento con usted.

Y sin decir más lo empuja dentro de una taberna y a una sala donde se coloca frente a él y pega su espalda contra la puerta.

—Ahora, George, una cosa es el deber y otra la amistad —le dice el señor Bucket—. En lo posible procuro conservarlas en buena armonía, y ya ve usted que hasta ahora me he esforzado en conseguirlo, pero ahora, amigo George, considérese usted detenido.

—¡Detenido! ¿Por qué? —pregunta el maestro de armas, anonadado.

—Ahora, George, el deber y la conversación son dos cosas distintas —dice el señor Bucket recomendándole una actitud sensata con su grueso índice—. Por eso mismo le advierto que cualquier indiscreción podría volverse contra usted, y le aconsejo, querido George, que mida usted bien sus palabras antes de contestar a lo que voy a preguntarle: ¿ha oído usted hablar de un asesinato?

—¡De un asesinato!


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