La Casa lugubre
La Casa lugubre Nadie es capaz de detener al señor Bucket en su carrera. Para él no existen el tiempo ni el espacio. Llegado ayer, se puso en marcha esta mañana, y regresa antes de poder ser observada su partida. Se encuentra esta tarde en Londres, mirando distraídamente los adornos de hierro de la puerta de sir Leicester Dedlock. Mañana, al romper el alba, irá tras la pista en Chesney Wold, donde antaño se paseaba el anciano cuyo fantasma se muestra propicio con cien guineas. Pocas horas después, el señor Bucket examinará los cajones, el escritorio y los bolsillos del señor Tulkinghorn, y unas horas más tarde estará a solas con el romano comparando sus índices.
Se comprenderá fácilmente que semejante existencia es incompatible con la vida de familia, y aunque el señor Bucket aprecia mucho la compañía de la señora Bucket, mujer notable, dotada por naturaleza de un espíritu de investigación que, de ser robustecido por el ejercicio y el mérito, habría podido realizar altas cosas, si bien hasta ahora no ha podido pasar de un talento de aficionada, aunque aprecia en lo que vale, repetimos, la sociedad de tan peregrina compañera, el señor Bucket va a su casa con poca frecuencia, y su esposa no tiene más recurso que la conversación con su inquilina, la cual es por suerte una mujer de buenas cualidades que le despierta vivo interés.