La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—¡Así será…! —exclama el señor Bucket—. Algo consentida y algo caprichosa, ¿no es verdad? Es propio de las mujeres hermosas, y, por otra parte, así nos gustan aun más.

El mercurio, con las manos en los bolsillos de sus calzones de color melocotón, estira simétricamente sus piernas, calzadas con medias de seda, con ademán de un hombre muy dado a las mujeres para contradecir al inspector.

Se oye entonces el ruido de un coche y, enseguida, un fuerte campanillazo.

—Hablando del rey de Roma… —dijo, para sí, el señor Bucket.

Se abre la puerta de par en par, y milady atraviesa la antesala. Está pálida, viste de medio luto y ostenta unos magníficos brazaletes que llaman la atención del señor Bucket, a no ser que la llamen todavía más los hermosos brazos de ella. La observa con una mirada penetrante y agita algo en el bolsillo…, quizá monedas de medio penique.

Ella lo ve, y le dirige una mirada interrogante al otro mercurio que la ha traído a casa.

—El señor Bucket, milady —responde el criado.

El señor Bucket se adelanta algunos pasos hacia milady llevando el índice a los labios.

—¿Espera usted a sir Leicester? —pregunta la dama.


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