La Casa lugubre
La Casa lugubre —No, milady, acabo de separarme de él.
—¿Tiene usted algo que decirme?
—Aún no, milady.
—¿Hay alguna novedad?
—Algunas, milady.
La bella dama pasa, sin detenerse, y, con andares majestuosos, sube la escalera. El señor Bucket se coloca al pie de ella para verla pisar los mismos peldaños por los cuales bajara dos dÃas antes el señor Tulkinghorn al sepulcro, pasando por entre las estatuas cuyas mortÃferas armas proyectan su sombra en la pared. Luego la ve pasar por delante del anuncio, y, por último, la ve desaparecer.
—En verdad que es una mujer encantadora —dice el señor Bucket volviendo al lado del mercurio—. Sin embargo, se dirÃa que está enferma o que tiene alguna tristeza oculta.
—No está muy bien desde hace algún tiempo —contesta el mercurio—. Padece frecuentes jaquecas.
—¡Es verdaderamente una lástima! —comenta el señor Bucket—. Yo le aconsejarÃa pasear mucho.
—Ya lo hace —agrega el mercurio—. A veces se está paseando horas enteras, hasta por la noche.
—¿Está usted seguro? —pregunta el señor Bucket—. Perdone si insisto en esto, pero ¿está usted tan seguro de ello como de sus seis pies y tres pulgadas?
—SegurÃsimo.