La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—¡Vaya, hombre! Cuanto más lo miro más lo admiro. Esos guardias de corps, que tienen fama de chicos apuestos, son unos presumidos a su lado. Así que, ¿dice usted que milady pasea de noche a la luz de la luna?

—Sí, sí, las noches de luna sobre todo.

—¡Sobre todo! En cambio a usted poco tiempo le debe de quedar para pasear —dice el señor Bucket.

—Cierto. Además, prefiero ir en coche.

—Hace usted bien. Pero, a propósito —dice el señor Bucket, calentándose las manos en la chimenea, y mirando complacido la llama—, ¿salió milady la noche aquella del asesinato?

—Sí, yo mismo la acompañé al jardín.

—Y allí la dejó usted. Precisamente recuerdo que los vi.

—¡Es curioso! Pues no reparé en ello… —dice el mercurio.

—Pasaba casualmente, llevaba mucha prisa —dice el señor Bucket—, pues iba a visitar a una tía anciana que tengo en Chelsea y que vive dos puertas más allá de Bun House. Una buena mujer de noventa años, solterona, y con algún ahorrillo, por casualidad pasé mientras cerraba usted la verja. ¿Qué hora sería? Las diez o cosa así, ¿no?

—Las nueve y media.

—En efecto, y, si no recuerdo mal, milady iba envuelta en un manto negro suelto de flecos muy largos.


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