La Casa lugubre

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—Con todo —añade el señor Bucket—, no es preciso que dé usted mayor importancia de la que merece que yo conozca determinados conocimientos. Sé tantas y tantas cosas sobre unos y otros que un descubrimiento más o menos poco o nada significa. En el ajedrez social, ninguna jugada puede sorprenderme ya y, por tanto, que yo lo sepa no importa nada, dado que cualquier movimiento (sobre todo en lo que se refiere a jugadas equivocadas) siempre es predecible según mi experiencia. Por eso, sir Leicester Dedlock, barón, haría mal en alarmarse por el hecho de que yo conozca algún secreto de su noble familia.

—Le agradezco, infinitamente, las precauciones que está tomando —responde sir Leicester tras un silencio sin mover ni un pie ni una mano ni cambiar su gesto— y, aunque pienso que están siendo excesivas, no por ello dejo de agradecer su buena intención. Por favor, diga lo que tenga que decir —y sir Leicester parece encogerse ante su sombra— y le ruego que se siente, si no tiene objeción.

Ninguna objeción. El señor Bucket lleva una silla y se reduce su sombra.

—Iré al grano, sir Leicester Dedlock, barón. Lady Dedlock…

El barón da un salto en la silla y dirige una mirada terrible al inspector, quien hace intervenir su índice a modo de atenuante.


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