La Casa lugubre
La Casa lugubre Sir Leicester, anonadado, como herido por un rayo, mira fijamente aquel dedo cruel que le penetra en el corazón y lo deja sin sangre.
—Dígaselo como cosa mía, sir Leicester Dedlock, barón, y en caso de que milady experimente alguna dificultad para recordar estas circunstancias, añada que todo es inútil, que el inspector Bucket lo sabe, que se encontró en la escalera con aquel militar, como lo suele llamar a pesar de que hace tiempo que ya no pertenece al ejército, y dígale que él sabe que ella lo sabe todo. Ahora, sir Leicester Dedlock, barón, ¿por qué le cuento a usted todo esto?
Sir Leicester, que se ha cubierto el rostro con las manos, prorrumpe en un profundo gemido, y ruega al señor Bucket que se detenga un minuto. Transcurrido este breve tiempo, recobra su calma y dignidad habituales, aunque el color de su rostro es ahora igual que el de su cabello. Esto hace que el señor Bucket se sienta impresionado, aunque pronto se da cuenta de que, a pesar de sus habituales modales fríos y orgullosos, su pronunciación es más lenta, con una curiosa dificultad para comenzar, lo que provoca que emita sonidos inarticulados. Él es quien rompe el silencio, y con voz apagada dice no comprender cómo el señor Tulkinghorn, un caballero que le era tan fiel, pudo mantener en secreto aquel descubrimiento tan penoso, increíble, lacerante, inquietante y angustioso.