La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Haga lo que considere oportuno —contesta sir Leicester con voz torturada.

El señor Bucket asiente con la cabeza y con un garfio sagaz del índice, y sale inmediatamente al vestíbulo donde enseguida se dejan de escuchar las voces. Luego regresa seguido de un mercurio, quien, ayudado por otra deidad gemela, también empolvado y con calzones de color melocotón, lleva un sillón en el cual está sentado un anciano inválido. El inspector de policía se dirige a los criados, les indica dónde han de dejar el sillón, los despide y cierra otra vez la puerta con llave mientras sir Leicester observa gélidamente aquella profanación de lo más sagrado de su casa.

—Señoras y señores —dice el señor Bucket a los recién llegados con toda confianza—, por si no me conocen he de decirles a ustedes que soy inspector de policía y que aquí está la prueba —y, diciendo esto, saca del bolsillo interior de su chaqueta el bastón de bolsillo distintivo de su autoridad—. ¿Deseaban ustedes ver al barón sir Leicester Dedlock? Pues ya están ustedes en su presencia, y no olviden que esto es un honor reservado a un escaso número de personas. Según tengo entendido, su nombre, caballero, es Smallweed.

—Es cierto y nunca habrá escuchado decir nada malo de mí —dice el anciano, levantando su voz chillona.


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