La Casa lugubre
La Casa lugubre —No sabe por qué matan a los cerdos, ¿no? —replica el señor Bucket con mirada firme, pero sin perder los nervios.
—¡No!
—¡Vaya! Los matan —dice el señor Bucket— porque son muy descarados. No se ponga en la misma situación, porque no es digno de usted. ¿Está usted acostumbrado a hablar con sordos? —pregunta el señor Bucket sin inmutarse.
—Sà —contesta Smallweed—, mi mujer es algo dura de oÃdo.
—Por eso grita usted asÃ, pero, como ahora ella no está presente, tenga usted la bondad de bajar la voz, por lo menos en una octava. Hágalo, y no solo se lo agradeceré yo, sino que será mejor para usted —dice el señor Bucket—. Ese caballero es un predicador, ¿no es cierto?
—Su nombre es Chadband —responde el señor Smallweed en voz mucho más baja.
—En otro tiempo tuve un amigo y sargento llamado asà —dice el señor Bucket ofreciéndole la mano—, y tengo por ese nombre una simpatÃa singular. Esas señoras serán probablemente la señora Chadband…
—Y la señora Snagsby —añade el señor Smallweed.