La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Como cliente y amigo del señor Tulkinghorn —dice el anciano Smallweed—, teníamos negocios comunes. Él me prestaba algún que otro favor, y yo, a mi vez, también le era útil en lo que podía. Al morir mi cuñado Krook, el único pariente de la repulsiva arpía de mi mujer, la señora Smallweed, heredé sus bienes y así fue como tuve que examinar sus papeles y efectos. Entre ellos se encontró un paquete de cartas pertenecientes a su difunto inquilino, ocultas en la cama de Lady Jane, su gata, donde acostumbraba a guardarlo todo. Era una manía de Krook. El señor Tulkinghorn deseaba leer las cartas y se las llevó, si bien yo, que entiendo también algo de negocios, ya las había leído antes y había visto que trataban de asuntos amorosos de una cierta amiga del inquilino. Iban firmadas con el nombre de Honoria. ¡Qué nombre más extraño! ¿No existirá, quizá, en esta casa una señora llamada Honoria? No, claro que no. ¿Y que tenga el mismo tipo de letra? Pero, ¿qué estoy diciendo? No, no es posible.

Un ataque de tos sorprende al señor Smallweed en medio de su triunfo, y entonces exclama: «¡Ay, Señor! ¡Dios mío! ¡No puedo más!».

—Bueno, cuando esté listo —dice el señor Bucket, tras esperar a que se recupere— a llegar a algo que tenga que ver con sir Leicester Dedlock, barón, tiene al caballero aquí sentado, ya sabe.


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