La Casa lugubre
La Casa lugubre —¡Dios del cielo! —exclama el anciano Smallweed—. ¿Cree que esto no le concierne? No, claro está, nada tiene él que ver con el capitán Hawdon y su amante, ni tampoco con su hijo natural. Pues, entonces, quiero saber de quién son las cartas. A mà sà que me interesa, y por lo mismo quiero saber dónde se encuentran las cartas. Me opongo a que nadie se las quede, pues son mÃas, y únicamente consentà entregárselas al señor Tulkinghorn, mi procurador y amigo.
—Caras las pagó el difunto para que se las pida usted ahora —dice el señor Bucket.
—Esto no tiene nada que ver, quiero saber dónde están. Después explicaré el motivo de nuestra visita. Queremos, además, que se busque mejor al asesino, pues sabemos quién tenÃa interés en la muerte del difunto y cuáles han sido las causas del asesinato y a quién beneficia. Yo le digo a usted que no está cumpliendo con su deber, pues, si el señor George intervino, fue solamente como cómplice. Alguien lo empujó al crimen y usted sabe tan bien como yo de quien estoy hablando.
—Y yo le digo —le contesta el señor Bucket, cambiando bruscamente de modales y comunicando a su Ãndice un poder fascinador— que no le permitiré a nadie inmiscuirse en este asunto. ¿Quiere usted que se busque mejor al asesino, señor Smallweed? ¿Cree usted, acaso, que esta mano que está viendo ignora dónde hallarlo y que vacilará en hacerse con él llegado el momento?