La Casa lugubre
La Casa lugubre Hay en estas palabras tal firmeza y era tan terriblemente evidente es que no es una bravata absurda que el señor Smallweed balbucea algunas excusas.
—Siga usted mi consejo —continúa el señor Bucket, interrumpiendo al anciano, de nuevo con su calma habitual—, no se ocupe del asesinato. Eso tan solo me incumbe a mà y, si lee los periódicos, no tardará en enterarse del resultado de mis investigaciones, si lee con atención. Conozco mi oficio, y eso es todo lo que tengo que decirle sobre ese asunto. En cuanto a aquellas cartas, véalas usted mismo. ¿Son éstas? —añade el señor Bucket, mostrando un paquete de papeles que al instante vuelve a colocar en el bolsillo secreto de su chaqueta.
»Y bien, ¿qué tiene usted que decirnos? —pregunta el señor Bucket—. Y no abra tanto la boca que está usted muy feo.
—Quiero que me dé quinientas libras.
—Cincuenta, quiere usted decir —dice el señor Bucket alegremente.
Sin embargo, el señor Smallweed parece que quiere decir quinientas.