La Casa lugubre
La Casa lugubre —Amigos mÃos, mi mujer, Rachael, y yo nos hallamos en la casa de un hombre rico de la alta sociedad. ¿Por qué nos hallamos en la casa de un hombre rico de la alta sociedad, amigos? ¿Hemos sido invitados? ¿Hemos sido llamados a ella para participar de su festÃn, para disfrutar de sus placeres, para tocar con él el laúd y tomar parte en sus danzas? No, amigos mÃos. ¿Por qué, pues, estamos aquÃ? ¿Porque somos poseedores de un secreto culpable, y para no divulgarlo pedimos trigo, vino, aceite o bien dinero, que es lo mismo? Probablemente sea eso, amigos mÃos.
—Por lo que veo —objeta el señor Bucket—, también usted es un hombre de negocios. DÃgame, por lo tanto, ¿qué secreto es este que quiere vendernos? Tiene razón. No podrÃa decirlo mejor.
—Lo diremos, hermano, llevados por un espÃritu de amor. Acércate, Rachael, esposa mÃa —dice el señor Chadband, haciéndole una señal a su esposa.
La señora Chadband, más que dispuesta, avanza hasta darle un empujón a su marido para apartarlo y se enfrenta al señor Bucket con una sonrisa dura y hosca.