La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Porque desde este momento queda detenida acusada de asesinato y no hace falta que le cuente de quién. Mi deseo es guardarle todas las consideraciones posibles, atendiendo a su doble condición de mujer y de extranjera, pero, si opone resistencia, me veré obligado a emplear la fuerza. Fuera hay gente más descortés que yo, se lo aseguro. Le aconsejo, pues, como amigo, que no me lo haga repetir por tercera vez y que se siente inmediatamente en el sofá.

—Es usted el diablo —murmura mademoiselle, con voz sorda, aunque obedeciendo.

—Está bien —dice el señor Bucket, conciliador—, no esperaba otra cosa de una mujer inteligente como usted. Y ahora escuche con atención mi consejo: medite bien lo que vaya a decir, o, mejor aún, hable lo menos posible hasta que se le pregunte, pues la menor indiscreción podría perjudicarla.

Mademoiselle tiembla de ira. Sus ojos lanzan chispas. Su boca se contrae como la de un tigre hambriento. Se sienta muy erguida en el sofá, rígida, con las manos apretadas (también los pies, podríamos suponer) y parece murmurar alguna muda imprecación contra el señor Bucket.

—¡Oh, Bucket, es usted un diablo!


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