La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Sir Leicester Dedlock, a esta mujer tan colérica —continúa el señor Bucket—, se le metió en la cabeza que tenía derecho a la protección del señor Tulkinghorn por ayudarle en aquella ocasión que le conté en su bufete, protección que fue a pedirle a su casa y él pagó espléndidamente.

—¡Es falso! —dice mademoiselle—. Nunca quise aceptar su dinero.

—¿No quiere usted callar? Mire usted que las consecuencias de su conducta pueden serle fatales —dice el señor Bucket a modo de aclaración—. No podría yo afirmar si, al hospedarse en mi casa, abrigaba ya la intención de cometer el crimen, sir Leicester, pero lo cierto es que desde que vivía en mi casa rondaba, sin cesar, el despacho del señor Tulkinghorn, y acosaba con su inoportuna presencia a un papelero que por poco se vuelve loco.

—¡Mentiras!, ¡mentiras! —grita mademoiselle.





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