La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—¿Dónde estuvo usted durante la noche del asesinato? —continúa el señor Bucket—. Según dijo, había ido al teatro. Es verdad, he averiguado que allí fue, antes y después del asesinato. Comprendiendo, enseguida, con quién tenía que habérmelas, me tracé un plan enteramente nuevo, una trampa como nunca había tendido, y como nunca había aventurado hasta ese momento. Lo fui elaborando en mi mente mientras hablaba con ella en la cena. Y de éxito seguro. Fuimos a acostarnos, y, como la casa es muy reducida y esta joven extranjera tiene muy fino el oído, obligué a mi mujer a que se tapara con la sábana para que no dejara escapar el menor grito de sorpresa, y le conté lo que había pensado… Tenga la bondad de estarse quieta, querida amiga, o de lo contrario me veré obligado a atarle las piernas —el señor Bucket dice esto mientras se acerca a mademoiselle y coloca su pesada mano sobre el hombro de la joven.

—¿Qué le pasa a usted? —pregunta ella.

—¿Que qué me pasa? —responde el señor Bucket sirviéndose de su índice para ser más persuasivo—. Me pasa que no quiero que se tire usted por la ventana. Siéntese y yo me sentaré junto a usted. Tome usted mi brazo. Sabe que estoy casado y conoce a mi mujer, así que tome usted mi brazo.

En vano trata de humedecerse los labios secos, con un ruido de sufrimiento lucha consigo misma y obedece.


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