La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Ahora está todo bien, sir Leicester Dedlock. Puede usted estar seguro de que nunca habríamos obtenido la evidencia a la que hemos llegado de no haber sido por la cooperación de mi mujer, una mujer excepcional, no hay una así entre cincuenta mil… ni entre ciento cincuenta mil. Para aumentar la confianza de esa joven, y para que estuviera menos prevenida, no volví a casa desde aquella noche, y mantenía la comunicación con mi mujer deslizándole mis instrucciones en el pan o en el frasco de la leche que le llevan todos los días. «Querida —le dije, en voz baja, asegurándome de que tenía bien tapada la boca—, ¿puedes vigilarla día y noche sin tomarte un minuto de reposo, y engañarla, hablándole sin cesar de mis sospechas contra George? ¿Puedes prometerme que no dará un solo paso sin que tú lo sepas, que será tu prisionera sin saberlo, que no se te escapará, que su vida será la tuya y su alma tu alma, hasta que sepas de un modo claro si es ella la autora del crimen?» Y la señora Bucket lo prometió y ha hecho honor a su promesa.

—¡Mentiras! —dice mademoiselle—. ¡Todo mentiras, amigo mío!

—Sir Leicester Dedlock, barón, ¿qué sucedió entonces? Que, al saber que yo no salía de su casa de usted, esa mujer infernal trató de hacer recaer en otra persona las sospechas que podían caer sobre ella, y acusó a milady.


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