La Casa lugubre
La Casa lugubre Sir Leicester se levanta como un autómata, vacila y cae, otra vez, sobre el sillón.
—Para convencerse de ello, no tiene usted más que pasar los ojos por estas cartas. Una de ellas, dirigida a usted, sir Leicester, e interceptada por mÃ, era muy explÃcita y unÃa el calificativo de asesino al nombre de milady. ¿Qué me dice usted ahora de la señora Bucket, que supo arreglárselas para sorprender a esa joven escribiendo estas cartas, y vio, después, como ella misma las echaba al correo? ¿Qué me dice usted si le digo que hace media hora la señora Bucket obtuvo las cuartillas correspondientes a estas y la tinta y las plumas de las que se sirvió la culpable? ¿Qué me dice usted de mi excelente colaboradora? —exclama el señor Bucket, entusiasmado con su mujer.
Sobre todo, hay dos cosas perceptibles cuando el señor Bucket habla de este modo. La primera es que presiona más y más el brazo de mademoiselle. La segunda es que ella siente enrarecerse, por momentos, la atmósfera de libertad que aún respira y estrecharse el lazo en que está presa.