La Casa lugubre
La Casa lugubre —SÃ, señor, entre mis distinguidos conocidos corren ciertos rumores relativos a milady Dedlock. Se ha de hablar necesariamente de algo y basta con que se le diga algo a una o dos damas, cuyos nombres podrÃa citarle, para que todo el mundo se entere y adquiera la historia una verdadera fama, lo mismo que si me trajera un objeto para ponerlo de moda y yo se lo confiase a esas señoras para darlo a conocer. Además, existÃa una inocente rivalidad entre ellas y lady Dedlock, y estoy seguro de que, especulando con ella, se habrÃa podido ganar algún dinero, habrÃa sido un buen negocio. ¡Cuando le digo a usted que conozco a fondo a mi noble clientela, y que le doy cuerda como a un reloj, caballero!
El rumor crece y se obstina en correr por la ciudad. A las cinco y media de la tarde inspira al honorable señor Stables una idea nueva, que eclipsa completamente a la última, que sostenÃa su reputación de hombre de finas agudezas: a saber, que por más que siempre hubiese reconocido que milady era la mujer mejor cuidada de las nobles caballerizas, siempre se temió que caerÃa en medio de la carrera. Observación que hace gracia y es acogida con frenético delirio por los miembros del club hÃpico.