La Casa lugubre
La Casa lugubre —Por tanto, quiero decirles y les ruego a todos que sean testigos (empezando por ti, Volumnia, y con la mayor solemnidad) de que declaro que milady y yo estamos en la mayor armonÃa, que nunca he tenido de ella motivo alguno de queja, que siempre le he profesado un amor vivo y profundo, y que igualmente se lo profeso ahora. DÃganselo asà a todo el mundo, y sobre todo a ella misma, advirtiendo que, si alguno alterase mis palabras o tratase de disminuir, aunque solo fuera, su fuerza, cometerÃa, con ello, una traición premeditada.
Volumnia promete, con voz temblorosa, cumplir al pie de la letra esas instrucciones.
—Milady está en muy elevada posición y es muy hermosa y superior, en todos conceptos, a la más perfecta de entre las mujeres que la rodean como para no tener envidias y enemigos. Sepan estos, pues, como les acabo de decir a ustedes, que hallándome sano de juicio, y en completa posesión de mi memoria y demás facultades, que no revoco ninguna de las disposiciones tomadas en su favor. Que no suprimo, en lo más mÃnimo, lo que he tenido a bien señalarle. Y que, comprendiendo que tengo facultad y poder para hacerlo conforme a mi voluntad, no derogo nada de lo que he dispuesto para asegurar su fortuna y bienestar.