La Casa lugubre
La Casa lugubre El tono formal que le ha dado siempre a sus palabras sir Leicester pudo, en otro tiempo, poner una sonrisa en los labios de sus oyentes, pero, en tan solemne momento, hay en dicho tono cierta gravedad y ternura que llega al alma. La vehemencia que lo anima, la generosa protección que le otorga a la mujer amada, olvidándose de su propio dolor y ahogando la voz de su ofendido orgullo para pensar solo en ella, son prueba de un gran corazón tan leal como sensible. Virtud imponderable, igualmente digna de elogio, tanto si es patrimonio de caballeros como si lo es de la más humilde de las criaturas. Ambos aspiran de igual manera a la misma luz y ambos se elevan de igual manera, ambos, hijos del polvo, brillan de igual manera.
Extenuado por el esfuerzo que ha hecho, el barón cierra los ojos y abandona su noble cabeza sobre la almohada, pero, apenas ha transcurrido un minuto cuando fija, de nuevo, su mirada en la ventana y aplica el oído al más leve rumor. Los pequeños servicios prestados por George, y aceptados por el barón, han hecho del sargento alguien ya necesario. Se ha establecido entre ellos un acuerdo tácito. El veterano queda, pues, discretamente apartado de la cabecera, y monta guardia, en pie, detrás de su madre.