La Casa lugubre
La Casa lugubre El dÃa comienza a declinar. La niebla y la lluvia, que han sucedido a la nieve, se hacen a cada momento más densas, y la llama de la chimenea arroja destellos más intensos. Las sombras se extienden, se enciende el alumbrado, y las lamparillas que en aquella aristocrática calle se obstinan en arder, con un aceite a medias congelado y a medias lÃquido, despiden una luz intermitente, oscilan y mueren como peces orgullosos sacados de su elemento. Las nobles familias que han hecho rodar sus carrozas sobre la alfombra de paja extendida delante de la puerta, y que han tirado del cordón de la campanilla preguntando por el estado del barón, están ya de vuelta en sus casas, se visten para la última comida, y charlan y charlan en animada conversación acerca de lo ocurrido con milady.
Sir Leicester está empeorando. Está agitado y tiene grandes dolores. Volumnia, predestinada a hacer siempre algo que incomode a los demás, enciende una vela, pero ha de apagarla, al momento, porque el barón se lo ruega, diciendo que todavÃa no es de noche. Otra vez repite aquella tentativa y otra vez le reitera sir Leicester que apague la luz, y, sin embargo, ya es completamente de noche.
La señora Rouncewell es la primera en advertir que su señor quiere imaginar que aún es temprano.