La Casa lugubre
La Casa lugubre —Sir Leicester, mi querido señor —le dice en voz baja—, permÃtame por su bien que me tome la libertad de suplicarle que no esté por más tiempo a oscuras. La oscuridad aumentará la pena de la espera. Deje que corra las cortinas y encienda las luces, que no por ello andará el reloj más despacio ni milady llegará más tarde.
—Bien lo sé, la señora Rouncewell, pero ¡estoy tan débil y hace tanto tiempo que el señor Bucket se ha marchado!
—No tanto, sir Leicester, no hace aún veinticuatro horas.
—¡Y le parecen poco veinticuatro horas! ¡Ay! ¡Qué largo es un dÃa! —exclama, con un sollozo que penetra en el corazón de la mujer.
Esta comprende que no es aquel momento el oportuno para encender la luz. Las lágrimas del señor son demasiado sagradas como para ser vistas ni siquiera por la anciana ama de llaves, y se sienta sin decir una palabra. Luego se levanta, sin ruido, atiza el fuego, se acerca a la ventana y mira a la calle. Sir Leicester recobra, al fin, el dominio de sà mismo y la llama.
—Tiene usted razón, señora Rouncewell —le dice—, no se agravan las cosas por reconocerlas. Es tarde y no han vuelto. Encienda las velas, señora Rouncewell.