La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Y aguza más el oído, pues no sabe qué tiempo hace fuera. Pero, por grande que sea su abatimiento, se advierte que su frente se despeja cada vez que oye a alguien preguntar si el fuego continúa ardiendo en las habitaciones de milady, y si está todo listo para recibirla. Por insignificante que sea el pretexto que alegue para ello, esas preguntas, que prueban que aún la están aguardando, mantienen en él la esperanza.

Llega la medianoche y todo sigue igual. Por la calle, de ordinario escasamente concurrida, pasan pocos coches, y ningún rumor turba el silencio de los alrededores de la casa, salvo algún que otro borracho vagabundo que pasa berreando y apoyándose en las paredes, extraviado en aquella zona glacial. Es tan silenciosa aquella noche de invierno, que, prestando el oído a la profundísima quietud, se experimenta la misma sensación que al mantener la mirada en las tinieblas: si, por casualidad, llega un ruido lejano hasta el que escucha, produce el efecto de un relámpago en una noche oscura, y la quietud, por un instante alterada, es aún más pesada y sombría que antes.





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