La Casa lugubre
La Casa lugubre Sin embargo, las frecuentes visitas de George calman un tanto a la señora y a la doncella, y les hacen menos pesada la noche. En cuanto oyen los pasos del sargento, se cubren aun más con sus chales, y se preparan para recibirlo; y en otros momentos dividen sus guardias en ratitos de sopor y de diálogos, no completamente libres de acritud, sobre si la señorita Dedlock, sentada con los pies apoyados en la rejilla de la chimenea, se iba o no a caer al fuego cuando la rescató (para su enorme disgusto) su genio tutelar, la doncella.
—¿Cómo sigue sir Leicester, señor George? —pregunta Volumnia.
—Igual, señorita. Está muy débil y muy enfermo. De vez en cuando delira.
—¿Ha preguntado por m� —dice Volumnia con ternura.
—No lo creo, señorita. Al menos yo no lo he oÃdo.
—Es realmente un mal momento, George.
—SÃ, lo es, señorita. ¿No estarÃa usted mejor en la cama?
—¡Está claro que estarÃa allà mucho mejor! —dice la doncella con voz áspera.