La Casa lugubre

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—Y eso no es todo —continuó el señor Bucket, con creciente vehemencia—, sino que además otra persona que interviene también en el asunto, una pobre mujer, ha llegado aquí esta noche para ver a su criada y le ha entregado un papel por el cual daría yo cien libras. ¿Qué ha hecho entonces, señora Snagsby? Se ha ocultado para espiarlas y de pronto ha caído sobre su criada sabiendo la enfermedad que padece ¡y qué poca cosa se necesita para provocarle un ataque! Ha arremetido usted contra la infeliz y la ha tratado con tal dureza que la pobre muchacha se ha visto presa de terribles convulsiones y ha perdido el sentidos cuando de lo que pueda contar ¡depende la vida de una persona!

El señor Bucket pronunció estas palabras en un tono tan significativo que crucé las manos y vi dar vueltas a mi alrededor cuantos objetos había en la cocina. Este vértigo solo duró un instante, pues el señor Woodcourt salió del cuarto de Guster, y después de entregar un papel al inspector, volvió al lado de la enferma.

—Ahora, señora Snagsby —dijo el inspector de policía echando una rápida mirada a la carta—, la única reparación que está en su mano y que exijo de usted es que me permita decirle a esta señorita algunas palabras en secreto, y, por si puede usted ayudar al señor Woodcourt a volver en sí a la pobre Guster, le agradeceré que vaya allí inmediatamente.


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