La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Cuando dijo esto, creí observar en su voz un tono de tristeza, a pesar de la cordial sonrisa que asomaba a sus labios.

—La Casa lúgubre tendrá que aprender a arreglarse por sí sola —repitió—. Está muy lejos de Ada —añadió jovialmente—, y ese ángel nos necesita.

—¡Siempre el mismo! —repuse—. ¡Cuánta bondad la de usted, al pensar así!

—No lo achaques a mi virtud, pues pongo en ello más egoísmo de lo que crees, porque al fin y al cabo tus constantes idas y venidas te dejarían pocos momentos para estar conmigo. Además, quiero ver, por mí mismo, lo que hace la pobre niña, necesito tener noticias suyas y también del pobre Richard.

—¿Ha visto usted al señor Woodcourt, tutor?

—Lo veo todas las mañanas, dama Durden.

—¿Qué ha dicho de Richard?

—Lo de siempre. No observa en él enfermedad ninguna, y no obstante, no lo deja tranquilo. Pero ¿quién podría estarlo?


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