La Casa lugubre
La Casa lugubre Mi querida niña últimamente nos visitaba todos los dÃas, algunos dÃas dos veces. Supusimos, sin embargo, que no se repetirÃa más allá de mi recuperación. SabÃamos sobradamente que en su corazón albergaba el afecto y la gratitud de siempre para su primo John, asà como que Richard no se habÃa opuesto nunca a estas visitas. Pero también conocÃamos que ella espaciaba sus visitas en consideración a él. Mi tutor se habÃa dado cuenta enseguida de esto y, con su delicadeza habitual, habÃa tratado de que se sintiera respaldada.
—¡Pobre Rick! ¡Desgraciado amigo! ¡Cuándo volverá en sà de su fatal delirio!
—No me parece que esté camino de ello —contestó mi tutor—. Cuanto más sufre, más exasperado se muestra contra mÃ, pues soy a sus ojos la causa principal de su daño.
—¡Qué locura! —no pude evitar decir.
—¡Ay, dama Trot, dama Trot! —respondió mi tutor—. ¿Acaso puede sacarse otra cosa de ese malhadado pleito? Locura es su base, locura su cima y locura su centro; iniquidad y locura, como las mayores que se han visto. ¿Solo puede hallar en él el pobre Rick el juicio que le falta? SerÃa lo mismo pedir peras al olmo.
Siempre que hablábamos de Richard yo quedaba conmovida por el respeto y la consideración que mi tutor demostraba hacia él, y no me quedaba más remedio que cambiar de tema.