La Casa lugubre

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—Supongo que el gran Canciller y todo el Tribunal, en pleno, serían los primeros asombrados de encontrar tal maravilla en un litigante —siguió diciendo mi tutor—. En cuanto a mí, no me causaría menor sorpresa ver a aquellos doctos varones hacer brotar rosas de los polvos de su peluca.

Se detuvo mi tutor, en medio de los paseos que daba por la habitación, intentando saber de qué parte soplaba el viento y vino a apoyarse en el respaldo de mi sillón.

—Bueno, querida mía, abandonemos al tiempo y a la Providencia ese escollo de nuestra familia, y limitémonos a impedir que se estrelle en él la existencia de la infeliz Ada. No hablemos más del asunto, sobre todo delante de Rick, y ya se lo he pedido a Woodcourt y lo mismo te pido a ti: que jamás se le hable una palabra de esto. Dentro de ocho días, o dentro de un año, tarde o temprano, es posible que abra los ojos y me vea tal cual soy. No me falta paciencia, y esperaré.

Entonces, hube de confesar que Richard y yo habíamos hablado varias veces del pleito, y que creía que con el señor Woodcourt había sucedido lo mismo.

—Ya me lo ha dicho —respondió mi tutor—. Él ya ha presentado sus disculpas, y la dama Durden las suyas, no hemos de pensar más en ello. Hablemos de otra cosa. ¿Qué te parece de la señora Woodcourt?


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