La Casa lugubre
La Casa lugubre Algo turbada por tan imprevista pregunta, dije que le tenÃa gran simpatÃa, tanto más por cuanto de un tiempo a esta parte la veÃa más amable que antes.
—Lo mismo pienso yo —añadió mi tutor—. Habla menos de su genealogÃa, de Morgan-ap… como se llame.
Esto era, precisamente, lo que querÃa yo decir, por lo que estuvimos de acuerdo. Y, además, declaré que la excelente señora no dejaba de tener muy buen carácter, aun en el tiempo en que hablaba con más frecuencia de Morgan-ap-Kerrig.
—No digo lo contrario —dijo mi tutor—, sin embargo, ha obrado cuerdamente al dejar a ese personaje en sus montañas. Y puesto que estamos de acuerdo acerca de sus buenas cualidades, ¿no te parece que harÃa bien en rogar a la señora Woodcourt que se quedase con nosotros?
—No hay duda, pero…
El señor Jarndyce me miró, como aguardando el final de mi frase, pero, como en realidad no tenÃa nada que decir, o por lo menos nada que pudiese expresarse, me callé. Solo reflexioné, muy vagamente, que quizá fuese mejor no tener en nuestra casa a la anciana señora.