La Casa lugubre

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—He pensado esto —dijo mi tutor—, al considerar que el señor Woodcourt, que viene aquí con tanta frecuencia, podría así ver a su madre siempre que fuese de su agrado sin el menor sacrificio. Además, esa señora es de buen trato y me parece que te quiere mucho.

Todo ello era verdad, y por más que no me ocurriese objeción alguna contra una idea que forzosamente había de aprobar, sentía en mi pecho una cierta inquietud. «¿Qué antojo le ha dado a mi tutor con esto?», me preguntaba a mí misma.

Finalmente, me vi obligada a contestar algo, y dije:

—Tiene usted razón; es una buena idea…

—¿De verdad, querida?

—De verdad.

—Tanto mejor si mi plan es aprobado por unanimidad.

—Por unanimidad —repetí.

Y volví a mi labor: un tapete que hacía para la mesita de su biblioteca. Se lo enseñé, hizo grandes elogios de mi trabajo, y luego que le hube elogiado el dibujo en todos sus detalles y mostrado el maravilloso efecto del conjunto, me pareció que podía reanudar la conversación sobre el mismo tema.

—Querido tutor, ¿no me dijo usted hace algún tiempo que el señor Woodcourt pensaba marcharse de nuevo a otro país? ¿Le ha vuelto a hablar de su proyecto?


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