La Casa lugubre
La Casa lugubre Era muy tarde cuando nos separamos, porque cuando Ada se estaba yendo hacia las once, el señor Skimpole se sentó al piano, parloteando, con mucha gracia, sobre que el mejor medio de prolongar la existencia era robar algunas horas al sueño. De modo que hasta después de las doce no cogió la lámpara para encaminarse a su cuarto, con el rostro tranquilo y alegre y estoy persuadida de que podría habernos obligado a quedarnos hasta el amanecer si se hubiese empeñado en ello. Ada y Richard permanecieron algunos instantes más junto al fuego, y se preguntaban si la señora Jellyby habría acabado de dictar sus cartas del día, cuando volvió a entrar el señor Jarndyce.
—Ah, querida mía, ¿qué es eso? ¿Qué es eso? —dijo pasándose la mano por la cabeza y andando a grandes trancos por la habitación, con su expresión bondadosa y airada.
—¿Qué es eso que acaban de contarme, Rick, hijo mío, y tú Esther, querida? ¿Qué habéis hecho? ¿Por qué lo habéis hecho? ¿Cómo habéis podido hacerlo? ¿Cuánto ha sido cada uno? El viento va a cambiar otra vez. Lo siento en los huesos.
Ninguno de nosotros supo qué contestar.