La Casa lugubre

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—¡Habla, Richard! ¡Habla! ¡Tengo que arreglar este asunto antes de acostarme! ¿Cuánto dinero habéis dado? Sí, porque sé que entre los dos habéis completado la suma. Pero ¿por qué? ¿Cómo habéis podido? Ay, Señor, tiene que ser de levante…, ¡debe serlo!

—A decir verdad, señor —dijo Richard—, considero una indiscreción hablarle de este asunto. El señor Skimpole se nos confió…

—¡Que Dios te bendiga, hijo mío! ¡Este hombre se confía a cualquiera! —dijo el señor Jarndyce pasándose con fuerza la mano por la cabeza y parando de pronto.

—¿De verdad, señor?

—¡A cualquiera! —dijo el señor Jarndyce andando a grandes trancos con una vela en su mano que se había apagado—. Dentro de una semana se verá en el mismo atolladero. No sale nunca de apuros. Nació, según creo, lleno de deudas. Creo de verdad que los periódicos anunciaron su nacimiento en estos o parecidos términos: «El martes último, la señora Skimpole dio a luz en el palacio de las Dificultades al señor Skimpole, preso por deudas».

Richard prorrumpió en una carcajada, pero añadió:


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