La Casa lugubre

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—Sin embargo, no creo que deba romper su confianza ni hacer que flaquee, y someto a su buen criterio de nuevo el deber mantener su secreto o no, espero que reflexione en ello antes de insistirme más. Por supuesto, si me insiste, reconoceré que me equivoco y se lo diré.

—Muy bien —exclamó el señor Jarndyce, parándose de nuevo y esforzándose en su distracción por meterse la palmatoria en el bolsillo—. Eso… ¡es! Toma esto, querida niña, y llévatela. No sé lo que me hago, todo por la maldita influencia del viento, tiene siempre ese efecto sobre mí. Richard, no insistiré, es posible que tengas razón. Pero, la verdad, ¡que os haya cogido a Esther y a ti para exprimiros como dos naranjas de principios de temporada…! ¡Va a estallar una tempestad de viento esta noche o qué!

Y se metía las manos en los bolsillos, como decidido a no volverlas a sacar en su vida, pero luego las sacaba al momento para restregarse la cabeza con violencia. Me atreví a aprovechar esa ocasión para apuntar que el señor Skimpole era en todas esas materias como un auténtico niño…

—¿Cómo, querida? —dijo el señor Jarndyce, sorprendido por esta última palabra.

—Que es un auténtico niño —dije—, y tan diferente a todo el mundo que…


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