La Casa lugubre
La Casa lugubre —¡Tienes razón! —dijo el señor Jarndyce, radiante—. Tu agudeza femenina ha dado en el clavo: es un niño y absolutamente un niño. Ya os dije antes que era un niño cuando os hablé de él por primera vez.
—Por supuesto, por supuesto —dijimos.
—Y es que es un niño. ¿No es cierto? —preguntó el señor Jarndyce cada vez más radiante.
—Es cierto que lo es —dijimos.
—Cuando uno piensa en ello, ha sido una verdadera niñerÃa, por parte de uno, quiero decir por la mÃa —dijo el señor Jarndyce—, el haberle considerado un solo momento como a un hombre responsable de sus actos. Harold Skimpole vive y procede sin objeto, sin plan, y sin conocer las consecuencias de ninguno de sus actos. ¡Ja, ja, ja!
¡Era tan agradable ver desvanecerse las nubes que habÃan cubierto su rostro para dar lugar a una alegrÃa sincera! Tanto más al considerar que aquella alegrÃa nacÃa en la bondad, puesto que censurar, desconfiar o acusar a espaldas de alguien constituÃan para él un verdadero tormento. Vi que acudÃan las lágrimas a los ojos de Ada, mientras compartÃa su risa, como las sentà acudir a los mÃos.