La Casa lugubre
La Casa lugubre —Vaya, no soy más que un imbécil —dijo el señor Jarndyce—, he tenido necesidad de que me recordasen todo eso. Todo este asunto demuestra que no es más que un niño de principio a fin. Porque únicamente un niño podÃa recurrir a vosotros en semejantes circunstancias. Únicamente un niño puede pensar que tuvieseis el dinero. Aunque hubiesen sido mil libras, ¡os lo habrÃa pedido de igual modo! —dijo el señor Jarndyce con el rostro resplandeciente.
Todos confirmamos sus palabras basándonos en nuestra experiencia de esa noche.
—Sin duda alguna, ¡sin duda alguna! —dijo el señor Jarndyce—. Sin embargo, Richard, Esther, y tú también Ada, porque no creo que tus bolsillos estén a salvo de su inexperiencia…, tenéis que prometerme que no va a volver a repetirse nunca algo parecido. ¡Nada de anticipos! Ni siquiera seis peniques.
Se lo prometimos con sinceridad, y Richard se tocó los bolsillos y me miró sonriente como para recordarme que no habÃa peligro de que faltásemos a nuestra promesa.