La Casa lugubre
La Casa lugubre —En cuanto al señor Skimpole —dijo el señor Jarndyce—, lo único que necesita en el mundo es una casita de juguete, con una buena mesa y unos pocos muñequitos a quienes pueda pedir y deber dinero para que el chico pudiera instalarse. Supongo que duerme el más angelical de los sueños. Ya es hora de que yo descanse mi mañosa cabeza sobre mi almohada más mundana. ¡Buenas noches, hijos mÃos! ¡Que Dios os bendiga!
Volvió a asomarse, con una cara sonriente, antes de que apagásemos las velas, y nos dijo:
—¡Ah! He ido a ver la veleta. Creo que ha sido una falsa alarma lo del viento. ¡Es del mediodÃa!
Y se alejó, canturreando.
Cuando nos retiramos a nuestras habitaciones, Ada y yo hablamos un rato de la preocupación del señor Jarndyce con respecto al viento, y coincidimos en que era una ficción, un pretexto al que recurrÃa para disimular su mal humor cuando querÃa evitar enfadarse con la causa de ese mal humor, o menospreciar o despreciar a nadie. Pensamos que era una rareza que demostraba su excesiva bondad, y que le distinguÃa de esas personas irritables que, lejos de invocar el viento y el tiempo para apaciguarse, se sirven de él, por el contrario, para descargar su ira y mostrarse huraños.