La Casa lugubre
La Casa lugubre En realidad, aquella única velada añadió tanto cariño a mi gratitud hacia él que esperaba empezar ya a comprenderlo gracias a esos sentimientos mezclados. Las incoherencias aparentes del señor Skimpole y de la señora Jellyby no tenía esperanza de poder conciliarlas, al tener tan poca experiencia y conocimientos prácticos. Ni lo intenté, porque mi pensamiento estaba muy ocupado, cuando estaba a solas, con Ada y Richard, y con la confidencia que había creído recibir sobre ellos. Tal vez también bajo la influencia del viento, mi imaginación se replegó sobre sí misma, a pesar de mis esfuerzos, y pensé en mí. Divagué hasta la casa de mi madrina y, recorrí nuevamente los años que había pasado allí, alentando sombrías especulaciones, que algunas veces había espoleado en la oscuridad, como hasta qué punto conocía la historia de mi nacimiento el señor Jarndyce…, hasta la posibilidad de que fuese mi padre, aunque esa ilusión se había desvanecido completamente en ese momento.
Se iría todo al momento, recordé, al levantarme del fuego. No era muy mío cavilar sobre lo pasado, sino actuar con ánimo alegre y corazón agradecido. Así que me dije a mí misma «Esther, Esther, ¡Esther! ¡Cumple con tu deber, querida!», y le di tal sacudida a mi cestita con las llaves de la casa que sonaron como campanillas llamándome para que fuese a la cama llena de esperanza.