La Casa lugubre

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—Actualmente, caballero, me hallo en tal disposición de ánimo, que he de corresponder a tan magnánima conducta —siguió diciendo el señor Guppy—, probando a la señorita Summerson que puedo elevarme a una altura a la cual quizá no me creía capaz. Convengo en que la imagen grabada en otro tiempo en mi corazón, que por un momento creí borrada, ha quedado en él profundamente impresa. Su influencia en mí es cada día más decisiva, y cediendo a su poder, a despecho de circunstancias que nadie sería capaz de dominar, renuevo ante la señorita Summerson la proposición que tuve el honor de dirigirle un día. Pongo a sus pies la casa de Walcot Square, mi título, mi persona y mi certificado, rogándole que se digne aceptarlos.

—En efecto —dijo mi tutor—, su conducta es magnánima.

—Mi aspiración más viva es la magnanimidad —exclamó, con tono sincero el señor Guppy—. Pero no crea que considere desventajosa para mí la proposición que le hago a la señorita Summerson, nada de eso, y así opinan también mis amigos. Ciertas circunstancias han producido determinadas mutaciones que ruego se tengan en cuenta en compensación de las posibles desventajas, restableciendo de este modo el equilibrio.


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