La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Caballero, tomo a mi cargo el contestar, en nombre de la señorita Summerson, a la proposición que se ha dignado usted hacerle —respondió mi tutor, riendo y llevando la mano al cordón de la campanilla—. La señorita Summerson agradece en lo que valen sus buenas intenciones y le desea muy buenas noches y mucha prosperidad.

—¡Oh! —contestó el señor Guppy, algo desconcertado—. ¿Qué quiere usted decir con eso? ¿Es una negativa, una aceptación o un aplazamiento?

—Una negativa absoluta —replicó el señor Jarndyce.

El señor Guppy miró incrédulamente a su amigo y a su madre, que de repente se volvió muy enfadada para mirar al suelo y al techo.

—¿Qué oigo, caballero? —preguntó—. Y usted, Jobling, el amigo leal que siempre he creído, haga el favor de darle el brazo a mi madre para sacarla de aquí, no permita que permanezca, ni un minuto más, en un lugar donde no la tienen en consideración.

Pero la señora Guppy se negó, decididamente, a marcharse y no quiso, ni siquiera, oír hablar de ello.

—¡Vaya! ¿Qué significa semejante negativa? —le dijo a mi tutor—. ¿De qué habla? ¿Mi hijo no es lo bastante bueno para usted? ¡Debería darle a usted vergüenza! ¡Salga, salga usted de aquí!


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