La Casa lugubre
La Casa lugubre —Mi buena señora, advierta usted que me manda salir de mi casa —observó mi tutor.
—¿Y a mà qué me importa? —dijo la señora Guppy—. Vamos, largo. Si le parece que somos poco para usted, vaya en busca de otro que valga más. ¡Vaya, vaya usted a buscarlo!
La rapidez con que la señora Guppy habĂa pasado de la alegrĂa más expansiva al enojo más terrible no dejĂł de sorprenderme. Lo que al parecer le indignaba más era ver que no nos movĂamos de nuestro sitio.
—Pero ¿por qué no va usted a buscarlo? —insistió la señora Guppy—. Vaya a buscar a quien sea bastante para satisfacer su vanidad. ¿Qué es lo que le detiene?
—Madre —le dijo su hijo, procurando colocarse entre ella y nosotros y haciĂ©ndola retroceder con un hombro, mientras perseguĂa a mi tutor—, madre, ¡cállese de una vez!
—No, William, no. No me callarĂ© hasta que lo vea fuera de aquĂ.
Pese a la ridĂcula terquedad de la anciana, William y su amigo Jobling cercaron a la señora Guppy y pudieron llevarse a la que por momentos se iba insolentando, y cuya voz subĂa de tono a cada escalĂłn que le obligaban a bajar, repitiendo que fuĂ©ramos a buscar a alguien que nos pareciera suficiente y sobre todo que nos fuĂ©ramos de allĂ.