La Casa lugubre
La Casa lugubre Comenzando el mundo
Se abrieron, de nuevo, las sesiones del Tribunal, y a su regreso de Yorkshire mi tutor encontró un papel del señor Kenge notificándole que dentro de dos días se vería el pleito.
Como yo fundaba en el testamento suficientes esperanzas como para que la noticia me afectase, Allan y yo acordamos asistir a la vista el día indicado por el señor Kenge. Richard estaba alterado en extremo, y era tan grande su debilidad, a causa de su desmoralización, que bien necesitaba su esposa, mi pobre amiga, ser alentada y apoyada. Ada, sin embargo, como me había dicho un día, se sentía esperanzada y tenía puestos los ojos en un porvenir cercano, con el auxilio eficaz que esperaba y que la mantenía en su firmeza.
El pleito debía verse en Westminster, donde otras cien veces se había visto y siempre sin resultado, pero el corazón me decía que esta vez nos hallábamos en presencia de un momento definitivo. Después del desayuno, salimos para llegar temprano a Westminster, y seguimos por las bulliciosas calles que allí conducen (tan feliz y tan extraño me parecía todo) juntos.
Mientras andábamos, sin fijarnos en nada de cuanto ocurría o se veía a nuestro alrededor, preocupados en trazar planes relativos a Ada y a Richard, oí una voz que gritaba:
—¡Esther! ¡Mi querida Esther!