La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Era Caddy Jellyby, la cual, asomada a la portezuela de un coche que ahora alquilaba para ir a las casas de sus alumnos (tenía muchos), parecía querer abrazarme a pesar de la distancia. Aunque le había escrito cuatro líneas, diciéndole lo que mi tutor había hecho, no había encontrado aún el momento de acercarme a su casa. Retrocedimos algunos pasos, y en su alegría de verme y de recordarme la velada en que me trajo las flores que yo había atribuido a Prince, parecía tan resuelta a magullarme la cara, incluyendo mi sombrero, que cogía entre ambas manos, a darme los nombres más tiernos y a contarle a Allan, sin motivo, no sé qué favores que decía haberle yo prestado, que me vi obligada a entrar en su carruaje para que me dijese allí cuanto quisiese. Allan, de pie junto a la portezuela, estaba tan contento como Caddy, y yo lo estaba tanto como ellos. No sé cómo pude, por fin, salir del coche, roja, riendo, despeinada, y despidiéndome con afecto de Caddy. Esta permaneció asomada a la portezuela, mientras pudo divisarnos.







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