La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Allan y yo nos miramos pudiendo apenas dar fe a aquellas inesperadas palabras. ¿Cómo? ¿Era posible que el testamento hubiese restablecido todos los derechos, desvanecido todas las dudas y que Ada y Richard se encontrasen en vísperas de ser ricos? Mucha felicidad era esta para ser verdadera.

Nuestra incertidumbre duró poco. La multitud rompió en breve sus compactas filas y poco a poco se dispersó, arrastrando tras de sí la atmósfera pesada que reinaba en la sala. Toda aquella gente tenía el semblante animado y alegre, y más que habituales concurrentes al santuario de la justicia, parecían hombres que salían de un teatro de feria. Nos situamos en un rincón de la sala mirando si pasaba algún conocido, y desde nuestro posición vimos el desfile de enormes legajos de papeles, unos metidos en sacos, otros demasiado voluminosos para ello, legajos de todas formas y tamaños, cuyo peso agobiaba a los que los llevaban, los cuales los arrojaban confundidos y mezclados al suelo, yendo enseguida por otros. Hasta aquellos pasantes se reían. Dimos una triste mirada a tanto papelucho, y al ver escrito en todas las cubiertas «Jarndyce contra Jarndyce», le preguntamos a un caballero, que por su aspecto parecía pertenecer a los tribunales, si era verdad que el pleito había terminado.

—Sí, ¡gracias a Dios! —nos contestó sonriendo.


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