La Casa lugubre

La Casa lugubre

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En aquel mismo momento, vimos al señor Kenge, que salía del Tribunal con la afable dignidad que lo caracterizaba; estaba conversando con el señor Vholes, quien le hablaba con actitud respetuosa, llevando también un legajo debajo del brazo.

—Ahí están la señorita Summerson y el señor Woodcourt —exclamó el señor Vholes cuando nos vio.

—¡Oh! ¡Es verdad! —exclamó el señor Kenge, quitándose el sombrero con exquisita cortesía—. ¿Cómo les va a ustedes? ¿No ha venido el señor Jarndyce?

—No, ya sabe usted que no viene aquí nunca —le dije.

—Tanto mejor que no haya venido hoy —dijo el señor Kenge—, eso habría quizá aumentado la fuerza…, lo diré en ausencia de nuestro excelente amigo, la fuerza de su invencible prejuicio. Sin motivo real, es cierto, pero es mejor que así haya sucedido.

—Pero ¿qué ha pasado? —preguntó Allan.

—¿Qué ha pasado? —repitió el señor Kenge—. Casi nada. Que de pronto nos hemos visto arrollados, completamente desarmados y reducidos a la impotencia.

—¿Podría usted decirnos, al menos, si ha sido tenido por válido el testamento? —volvió a preguntar Allan.


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