La Casa lugubre
La Casa lugubre Sir Leicester no se preocupa gran cosa de semejante tema, y no parece seguir los debates con la atención que antes les dedicara, esto no obsta, sin embargo, para que se despierte, en cuanto Volumnia se aventura a suspender la lectura, y para que, repitiendo con voz sonora la última palabra, le pregunte con cierto disgusto si se encuentra ya cansada. Volumnia, que es una ardilla y una mujer de suyo curiosa, huronea con frecuencia los papeles de su primo, y ha descubierto cierta memoria relativa a ella, asegurándole, en caso de sucederle «algo» a su ilustre pariente, una compensación por las largas y fastidiosas lecturas a las que la somete; y la perspectiva de hacerse merecedora de semejante premio le da aliento para hacer frente al terrible dragón del aburrimiento.
Los demás primos se abstienen, casi todos, de ir a Chesney Wold, cuya tristeza les abruma, y los pocos que se presentan lo hacen en la estación de caza. Llegada esta época, en los jardines y en los campos resuenan escopetazos, y los guardas, con algunos monteros, van a espera, en el acostumbrado punto de reunión a dos o tres parientes aburridos. El primo melancólico, a quien el lúgubre aspecto de aquellos lugares afecta doblemente, cae en profundo abatimiento en cuanto entra en la quinta, y suspira reclinado en los almohadones de los divanes, asegurando «que aquella cárcel infernal tiene todas las trazas de un cementerio».