La Casa lugubre
La Casa lugubre La única solemnidad que Chesney Wold procura actualmente a Volumnia, solo se le presenta muy de tarde en tarde, cuando se trata de organizar algo en beneficio del país, decidiéndose honrar con su presencia un baile público. En aquellas solemnidades, la sílfide, vestida como en sus años juveniles, recorre muy alegre, escoltada por sus primos, las catorce millas que la separan del salón de elecciones, transformado en salón de baile después de haber sido, en todos los trescientos sesenta y cuatro días restantes de los años ordinarios, una especie de almacén de madera de las antípodas, lleno de mesas y sillas montadas unas sobre otras. Es verdad que la bella Volumnia cautiva, entonces, a todos los corazones, por su amable condescendencia, su alegría cándida y sus gracias tan infantiles, como lo eran en la época en que el general, cuyas viejas mandíbulas han sido ahora restauradas y armadas con una dentadura completa, no había comprado aún sus dientes y muelas a dos guineas la pieza. Ninfa de buena familia, pasa y repasa, se contonea y retoza por entre los danzantes, con tanto placer como éxito, mostrándose, alternativamente, benévola y cruel para los lugareños, que le ofrecen humildemente tés, sándwiches y limonadas, acompañado todo con respetuosos homenajes. Existe un singular paralelismo entre ella y los candelabros de cristal de épocas pasadas que embellecen esa sala de reuniones: con su raquíticos pies, con sus escasas lágrimas, con sus pomos sin lágrimas, con sus tallos pequeños de donde han desaparecido pomos y lágrimas, y con su luz vacilante y prismática, parecen otras tantas Volumnias.