La Casa lugubre
La Casa lugubre Ahora no se ve nunca a Peffer por Cook’s Court. No se le espera porque hace veinticinco años dejó su caja por el cementerio de Saint Andrews, en Holborn, donde descansa al rumor de los coches de alquiler y las locomotoras, dragones infatigables que pasan de dÃa y de noche a su lado. Si alguna vez sale, en la hora en que el dragón duerme, a airearse a Cook’s Court hasta que el canto del optimista gallo del sótano de la pequeña lecherÃa de Cursitor Street, cuyas ideas acerca del amanecer serÃa curioso determinar (porque por su observación personal no ha logrado saber nada), le advierte de la hora de vuelta, si Peffer visita de nuevo las pálidas luces de Cook’s Court, lo que ningún papelero del ramo legal puede negar rotundamente, lo hace invisible, y nadie es peor o más sabio por ello.